21 preguntas para pensar la institucionalidad popular – E. Raúl Zaffaroni

Desde que abandonó la Corte Suprema Raúl Zaffaroni se propuso interpelar al conjunto del campo popular formulando preguntas sobre las transformaciones institucionales que deberemos encarar para consolidar la democracia y avanzar hacia mayores niveles de justicia social. Te presentamos la sistematización que ha realizado recientemente de todos esos interrogantes.

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1) ¿Es correcto que el Poder Ejecutivo de turno sea quien distribuya discrecionalmente los impuestos que paga todo el pueblo?

2) ¿Queremos seguir tributando en base al consumo para que un cesanteado o un trabajador pague el mismo impuesto que un gerente transnacional al comprar un paquete de fideos? ¿No sería conveniente que la renta financiera, el juego, y la explotación minera pagaran más impuestos que los consumidores?

3) ¿Es justo que debamos pagar con nuestros impuestos, a lo largo de diez, veinte, treinta o más años, la deuda que decide contraer por sí y ante sí un ejecutivo que se va en cuatro años?

4) ¿Nos gustan los monopolios mediáticos que no se permiten en ningún país desarrollado? ¿Su prohibición, debería tener jerarquía constitucional?

5) Los derechos, ¿deben ser meramente declarados o necesitamos que sean realizados? ¿Debemos contar con instituciones (administración, justicia, etc.) que garanticen su realización?

6) ¿Necesitamos normas y tribunales de protección ambiental, para contribuir a detener la destrucción del planeta sobre la que advierte la Encíclica “Laudatio Si”? ¿Necesitamos normas constitucionales de protección a nuestra biodiversidad, al subsuelo y a los recursos naturales?

7) ¿Están adecuadamente contempladas en nuestra Constitución y en nuestras leyes el reconocimiento y la protección de los derechos de los pueblos originarios?

8) ¿Necesitamos instituciones de jerarquía constitucional que garanticen los derechos al trabajo registrado, a la tierra y a la vivienda?

9) ¿Son necesarios recursos rápidos que resuelvan las violaciones al derecho a la salud y a la educación en forma oportuna y eficaz? ¿Será conveniente reconocer y proteger a las Universidades y a los hospitales públicos?

10) Las economías regionales, la economía social, las pequeñas y medianas empresas, los pequeños productores, la agricultura familiar y los microemprendimientos, ¿deben tener un reconocimiento y una protección especial en la Constitución para evitar que se fundan ante eventuales planes de ajuste que siempre favorecen a las grandes corporaciones?

11) ¿Debería regularse de mejor manera la protección, propiedad y explotación de nuestros recursos naturales?

12) ¿Qué mecanismos institucionales debemos desarrollar para garantizar la soberanía alimentaria -entendida como la democratización en el acceso a la producción y el consumo de los alimentos- y la efectiva protección de los derechos de usuarios y consumidores?

13) ¿Necesitamos constitucionalizar las instituciones que garantizan una jubilación digna, y por lo tanto, prohibir todo intento de desbaratar el sistema solidario y análogos? ¿No sería conveniente establecer constitucionalmente una prohibición de rebaja de los índices de movilidad, para evitar que el gobernante de turno pueda rebajar las jubilaciones como tantas veces se hizo?

 

 

Fuente: www.repensandoargentina.org
Imagen: Archivo La Mella en Derecho

Mirá la entrevista de Raúl Zaffaroni con Itai Hagman 

 

 

 

 

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La formación de abogados para el siglo XXI – E. Raúl Zaffaroni

 

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Muchísimas gracias por la invitación, muchísimas gracias por tan inteligentes compañeros de mesa. Yo no soy un pedagogo universitario, ni mucho menos. Lo único que puedo aportar es experiencia y una reflexión sobre el perfil del abogado, qué es lo que estamos haciendo, qué es lo que podemos hacer y qué es lo que está sucediendo en el mundo. Me alegra tener un físico al lado (ciencias duras), el derecho muchas veces quiere parecerse a las ciencias duras, como si eso lo independizara de la política. Pero tampoco las ciencias duras están del todo independizadas de la política. Nadie se pone a estudiar la desintegración del átomo por simple curiosidad, sino porque hay un interés político en hacerlo.

El derecho, el saber jurídico, lo que nosotros estamos haciendo, o lo que estamos enseñando, por definición, es política. La ley la tenemos que interpretar. En la universidad napoleónica lo que se enseñaba era interpretación de palabras simplemente, un análisis exegético, porque lo que se pretendía era una subsunción. La función del jurista tenía que ser ver lo que pasaba en la realidad y eso lo enchufaba directamente en la solución legal que estaba en los códigos. A tal punto era esto así que ahí se inventa la casación. La casación se inventa al lado del poder legislativo. El poder legislativo francés, cuando no le gustaba lo que hacían los jueces rompía la sentencia, la casaba. Era el legislador controlando al juez. Después, el compañero Napoleón cuando llegó ya no necesitó que fuera el legislativo, directamente armó un control desde arriba y así gobernó el poder judicial, que se ocupaba fundamentalmente de esas funciones.

En el estado social, cuando entran otras funciones en el estado hay que hacer evaluaciones de carácter valorativo, de justicia, por así decir, y ya no se trata de subsunciones sino de una tarea de interpretación que se vuelve más compleja. También al entrar en la tarea de interpretación quisimos hacer una ciencia dura, Rudolph Von Ihering cuando anuncia el método dogmático lo asimila a la química. Esta idea del sistema existió siempre en la interpretación del derecho, desde los orígenes, allá en las universidades medievales.

¿Qué era el derecho que enseñaban las universidades medievales? Bueno, como no habían muchas leyes, se habló de la recepción romana. Y entonces enseñaban las horribles cosas que habían recopilado en el imperio romano de oriente, las últimas leyes imperiales. Eso era sobre lo que se trabajaba, sobre lo que trabajaban los glosadores. Eso comienza en las universidades del norte de Italia, fundamentalmente Bolonia. Y hoy hay un plan Bolonia, que es verdaderamente preocupante.

Hoy hay un plan para las universidades europeas donde la enseñanza del derecho queda reducida a una práctica de materias codificadas, legislativas, se acorta la carrera cuatro años, se eliminan las materias de conocimiento humanístico (historia, sociología, filosofía, etc.). Es decir un programa para preparar tramitadores, un abogado tramitador más o menos inteligente que puede ser el gestor de una multinacional. Es seriamente preocupante. Y es seriamente preocupante que esto pase en la Europa moderna, que está sufriendo una serie de fenómenos bastante interesantes, por cierto.

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Pero mucho peor sería que intentásemos copiar este modelo entre nosotros. Que intentásemos copiar este modelo en un corte transversal y no tuviésemos conciencia de la situación que nos encontramos en nuestra región, en nuestra América Latina. Nuestra situación es periférica, dicen algunos. Yo diría colonizada directamente, para ser más claros. Decir periférica es una forma de disimular la condición de colonizado. En definitiva hemos pasado por un colonialismo originario, de ocupación territorial, directa, política, terminando en independencia formal. A partir de allí nos ocuparon mediáticamente, nos ocuparon a través de oligarquías locales y después nos ocuparon a través de nuestras propias fuerzas armadas a quienes colonizaron la cabeza. Y eso se terminó, ahora estamos en una tercera fase, avanzada, del colonialismo.

Nos están colonizando de diversas maneras. El perfil del abogado que necesitamos es un perfil que no se si tiene que tener más conocimientos codificados o menos.  Preferiría que tenga más conciencia histórica, los conocimientos codificados se pueden ir adquiriendo, la conciencia histórica creo que la tenemos que formar en la universidad.; y que tenga elementos de pensamiento, que sepa realmente qué es, dónde está parado, pero fundamentalmente de dónde viene.

La permanente preocupación transversal por el presente me remite un poco a San Agustín: el presente es una división entre el pasado, que no es porque ya pasó, y el futuro, que no es porque todavía no pasó, entonces es una división ente dos cosas que no existen, que no son. Si no tenemos idea de la continuidad, si no sabemos de dónde provenimos, si no tenemos idea que pasamos por un colonialismo, por un neocolonialismo, y por esta etapa avanzada que estamos viviendo, es muy difícil que podamos saber adónde vamos.

Lo cierto es que Marx había dicho en el siglo XIX que el derecho era el instrumento de las clases hegemónicas, y creo que en su época tenía toda la razón. Hoy, eso depende de nosotros. Si queremos hacer del derecho un instrumento de las clases hegemónicas o queremos hacer del derecho una fuerza progresista de la sociedad. Justamente quienes pretenden hoy reducir el derecho a un instrumento de las clases hegemónicas son aquellos que tienen el liderato del capital financiero internacional. Paradojalmente esto es lo que está sucediendo. Porque entre aquello que dijo Marx y esto, pasaron algunas cosas. Algunas cosas que generaron pánico, miedo, terror. Hubo unos cuantos millones de muertos. Unos cuantos millones de muertos que, a diferencia de los muertos anteriores, que tenían más melanina, estos millones de muertos tenían un déficit de melanina, es decir eran blanquitos, y eso asustó. Asusto incluso en el centro, asusto al poder. Causó pánico.

Y empezaron los Derechos Humanos, la pretensión de una ciudadanía planetaria, la inclusión de todos los principios en las constituciones. Mentira que se hicieron porque maduró el razonamiento… no, se hicieron por miedo. Por pánico, por lo que había sucedido. Pero están, están. Están y son principios, heurísticos. Alguno puede decir y bueno para qué sirven, están todos los derechos consagrados, nos falta consagrar el derecho a la felicidad, no sé si falta el orgasmo colectivo, están todos los derechos y sin embargo yo no los tengo. Hay varios autores que dicen esto, y sí, es cierto, es cierto. Pero se pasa por alto en esos casos la verdadera función que tiene el plano normativo. Que es una función heurística, es una función de faro. No hay ninguna sociedad, ningún estado, ni ha existido nunca ningún estado que haya sido un estado de derecho perfecto. No sé si podrá existir. Pero los principios están y lo que tenemos que intentar permanentemente es a que el ser se vaya acercando al deber ser. Y eso significa que tenemos que ir impulsando los estándares de realización de los derechos y de los principios que están consagrados en las normas de máxima jerarquía, internacionales y nacionales.

Es decir, hay una constitución normativa, un deber ser normativo, que está escrito. Hay una realización social, un grado de realización social de la constitución. Ese grado de realización social de la constitución siempre es un cierto estándar. La función que tenemos por delante es hacer progresar ese estándar. ¿Y por qué digo que esa es la función que tenemos por delante?  Bueno muchachos, porque lamentablemente nuestra región es campeona de dos índices: de los índices de muertes violentas y del coeficiente de Gini, que indica la mala distribución de la riqueza, y esto no es casualidad, es una coincidencia que tiene su clara explicación y su clara correlación.

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El modelo de abogado que necesitamos en la región, es un modelo de abogado consiente de esta realidad, consciente de nuestra historia, consciente de las bases filosóficas de lo que está trabajando, y consciente de que está haciendo política, porque al interpretar ley estamos haciendo política, no podemos hacer otra cosa. ¿Para qué interpretamos ley? Interpretamos ley para frenarlos a ustedes, sí. Para que un poder judicial aplique la ley conforme a nuestra interpretación.  Un poder judicial es un poder del estado, y si es un poder del estado es político, es parte del gobierno de la polis. No será partidista, pero es político. Cada construcción jurídica que hacemos es un programa político, claramente. Lo estamos destinando a gobernar la polis. Esta es la naturaleza de la cosas, que no podemos ignorar.

El problema es que me queda una duda. Me queda la duda sobre si los estamos entrenando con los elementos suficientes como para el mundo que les toca vivir. Les dejamos un mundo complicado. Un mundo en el que hoy están en pugna dos modelos de sociedad, en todo el planeta. Están en pugna un modelo de sociedad más o menos incluyente, más o menos productivo, demandante de trabajo, de mano de obra, un modelo de sociedad que tienda a una mejor distribución y un modelo de sociedad 30-70, con treinta por ciento de incluidos y setenta por ciento de excluidos. Esta es la disputa en este momento y la vemos en Estados Unidos, la estamos viendo en Europa, y la tenemos en América Latina también. Cada uno en su versión, conforme a la situación geopolítica en que nos hallamos en el plano mundial.

Pero la sociedad excluyente nos tiene acostumbrados a valerse, o nos tenemos entrenados, históricamente por controles sociales y por coacciones que no son las que se usan ahora. Cuando hay que controlar al setenta por ciento de excluidos entonces estamos pensando que van a venir los cosacos del Zar a rodear las villas miseria, las favelas, todo eso. No hay más Zar ni más cosacos. Lo que están haciendo es que se maten con los de al lado, entre los propios excluidos. Cuando pensamos cómo se va a clasificar, cuidado, que estamos siendo usados, de alguna manera.  Habría que leer un poco aquello de la servidumbre voluntaria. Estamos dando datos y datos y datos que permite que se nos clasifique.

Ya no se nos controla de un centro panóptico, se nos va controlando como un proceso de taylorización del consumo, se nos ve como consumidores. Cada uno de nosotros a través de los datos que estamos facilitando cada día, a veces voluntariamente, a veces cuando nos mostramos, en Facebook, etc. Y esas cositas están registradas. Nos registran, nos clasifican, con eso nos dirigen una publicidad a determinados sectores y descartan aquellos que no sirven para el consumo. Y, por otra parte, de vez en cuando esos datos pueden ser útiles para servicios de información, servicios de inteligencia, servicios secretos, como se los quiera llamar.

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No sé si les estamos dando todos los elementos para pelear por el avance de los estándares de realización en la sociedad del siglo XXI. Creo que estamos un poco atrasados en estudiar otro riesgo, que es que esta tremenda concentración de capital financiero que nos maneja, no ya los medios tradicionales, los medios masivos de comunicación, que están monopolizados en toda nuestra región (Televisa, Azteca, El Comercio, Rede Globo, Clarín), no eso solo, sino que están subiendo todos nuestros datos a la nube. Cada datito que vamos dando es una ficha que estamos ofreciendo. Todo empezó con el control policial en el siglo XIX, después las fichas dactiloscópicas, y hoy ya no se necesitan las fichas dactiloscópicas, somos nosotros los que estamos dando, voluntariamente, nuestros datos. Voluntariamente o inconscientemente, porque no tenemos más remedio que darlos. Porque entramos y tenemos que poner el dedo, porque tenemos que hacer la compra con la tarjeta, todo eso se va registrando. Y además de todo, los registramos voluntariamente a diario como entretenimiento.

Este capital financiero se maneja, también, con un sistema de producción que va destruyendo las condiciones de habitabilidad humana del planeta. Yo no sé si estamos siendo verdaderamente consientes de esto. O si nos estamos quedando atrasados y en lo que los estamos entrenando es para una realidad que no es la del mundo complicado del siglo XXI. Yo trataré de acompañarlos hasta donde pueda, voy a hacer el esfuerzo por llegar al final de este siglo, que es muy interesante, aunque dudo que lo logre. Pero me doy cuenta de que este siglo se las trae, y siempre me pregunto: ¿Nos estamos preparando bien?

Muchas gracias.

 

* Conferencia pronunciada por Eugenio Raúl Zaffaroni el 8 de junio de 2015, en el marco del “Foro por una nueva Universidad”, organizado por La Mella en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.