LA FACULTAD VA A LA CÁRCEL

Numerosas son las preguntas que nos hacemos a la hora de recorrer un nuevo sendero.
El ir a la cárcel nos enfrenta desde el principio con cuestiones muy atravesadas por
prenociones que se generan en todo miembro de la sociedad. La sobreexplotación del
discurso de la inseguridad, de la discriminación de la pobreza y la demonización de los
intereses que se encargan de transformar la figura del interno presidiario de los mayores
vejámenes de la sociedad.

Las penitenciaría cumple la función de subterfugio, al cual los actuales sectores
marginados del modelo económico van a parar potenciando así su exclusión mediante
el estigma con el que la cárcel lo marca por haber sido presidiario. Uno de los
lugares donde se ve representado esto es en el Centro Universitario Devoto. Para
sus estudiantes, las barreras no terminan cuando cumplen su condena formal. Sus
graduados, una vez que recuperan la libertad, deberán cargar con el estigma que
representa “su paso” por la cárcel, el cual pesará más que su título universitario
conseguido tan legítimamente como cualquier universitario, dificultando, o incluso
imposibilitando su acceso a determinados puestos de trabajo y reproduciendo, una vez
más, la exclusión a la que el sistema social los ha condenado.

Aún así, el Centro Universitario se presenta como un privilegio al que no todos los
internos acceden, “como un oasis” dicen sus estudiantes, dentro de la realidad que se
chocan a diario.

Esto encuentra su justificación en las condiciones deplorables del resto de la cárcel, con
aquellas naturalidades de maltrato físico y psíquico, las torturas y las celdas repletas
de personas. En fin, condiciones inhumanas que pretenden encontrar su fundamento
en la “resocialización del delincuente”. Por estas razones, es muy notoria la diferencia
entre el CUD, a{un como lugar de encierro, y el resto del penal. Nos resulta paradójico
que estas condiciones aparezcan como un privilegio, un alivio exclusivo, cuando no son
más que una base mínima de respeto a la dignidad de los internos. Esta paradoja debe
llamar nuestra atención para no naturalizar las condiciones lamentables en que llevan a
cabo su condena la mayoría de los internos, porque lo que parece un privilegio debería
ser la norma en todos los pabellones.
Creemos indispensable disolver aquel velo que existe actualmente, esa estigmatización
que encontramos en toda la sociedad, pero particularmente la que se reproduce dentro
de la Facultad, donde el silenciamiento o el ocultamiento de los estudiantes del Centro
Universitario de Devoto, ayuda a reproducir la exclusión social a la que se ven estos
inmersos.
La fundación de la Corriente Julio Antonio Mella allá por el 2006 fue un paso que
intentamos dar en la integración de todos los estudiantes de la facultad en un proyecto
que nos incluya como sujetos transformadores de la realidad en la que vivimos.
Creyendo que la única construcción posible en este sentido se hace desde el diálogo y
de la reflexión conjunta de todas las partes, es que nos proponemos trazar un puente

de contacto sólido y permanente, un puente que permita el intercambio fluido entre
los estudiantes que participan de la vida universitaria independientemente del espacio
en el que se encuentre cada uno. Es la construcción de este diálogo, que esperamos se
mantenga en el tiempo y con fluidez, junto con los estudiantes del CUD, la tarea que
asumimos y que esperamos que también tomen como propia tantos estudiantes con los
que nos cruzamos día a día.

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